domingo, 9 de mayo de 2010

¿Enseñar o aprender?


Desde mis primeros juegos infantiles siempre elegía, sin saberlo, lo que después se convertiría en mi profesión. Me volvía loca por un par de tizas con las que reproducir en cualquier superficie oscura que me saliera al paso lo que se garateaba en las pizarras del colegio durante la semana.
Con el tiempo, casi de carambola, vine a parar a esta profesión que tan gratos momentos me ha proporcionado y que ha colmado mis deseos de transmitir con la mayor eficacia lo poco que sé para intentar, en la medida de lo posible, facilitarles a otros el camino.
Sin embargo, hoy en día cuando pienso en este tema me viene invariablemente a la memoria una historia que alguien me contó hace poco y que refleja la cuestión que hoy quiero plantear:
En cierta ocasión, un viejo profesor es invitado a visitar un centro escolar en el que, casualmente, se encuentra trabajando un antiguo alumno suyo. Éste, emocionado al ver a su antiguo profesor, le ruega encarecidamente que asista a la clase que va a dar a continuación. El profesor accede y se sienta en la última fila a escuchar atentamente. La clase se va desarrollando con normalidad, aunque el invitado percibe una serie de disparates garrafales en las explicaciones del maestro. Al concluir la sesión y cuando el pupilo le demanda su opinión de la clase, el viejo profesor le sugiere con mucho tacto que asistiera a un curso de reciclaje para repasar un poco la materia puesto que había observado un par de incorrecciones. El alumno, sin pensarlo, le responde sonriente: "Ah, no, profesor... a mí no me gusta aprender. ¡A mí lo que me gusta es enseñar!"
A partir de esta historia me pregunto incesantemente si a mí verdaderamente me gusta aprender o si lo que en realidad me apasiona es enseñar. Es fácil caer en la rutina de manosear los mismos temas año tras año y, como aquellos rancios catedráticos, ir a clase con un par de folios amarilleados por el paso implacable del tiempo. A veces nos interesamos más por una actividad llamativa que realizar en clase que por transmitir la materia de un modo más efectivo que la vez anterior. Tal vez nosostros enseñamos para obligar a los otros a que realicen la tarea que no encontramos tan grata: aprender.
¿Y a tí ? ¿qué te gusta: enseñar o aprender?

9 comentarios:

mariajesusparadela dijo...

A mi me encanta aprender. ¿Cómo sería posible si no estar aquí, a mi edad? Pero me gusta aprender para poder enseñar.

mónica dijo...

Pues yo no lo sé, porque nunca he enseñado...
Creo que el buen enseñante es aquel que consigue despertar en el alumno el deseo de aprender. Ésto me parece importantísimo, más que el dominar la materia e incluso el saber transmitirla, porque todos los conocimientos que un enseñante consigue transmitir a sus alumnos en el transcurso de un curso escolar o más, no son nada en comparación con esa inquietud que se puede despertar en el alumno y que podrá seguir promoviendo la adquisición de nuevos conocimientos durante toda una vida. ¿Tienen esto en mente los profes cuando dan una clase? No lo sé. Supongo que muchos sí, al menos durante esa etapa de su vida profesional en la que su profesión aún les entusiasma. Los habrá también quienes, a pesar de no plantearse nunca esas cuestiones, consigan "sin querer" despertar en el alumno esa inquietud de la que hablo... Y también habrá, por supuesto, aquellos quienes, aún sin sospecharlo, decidieron ser profesores porque en el fondo les encanta subirse a un estrado y ser el centro de atención. En ese caso, supongo que es fácil perder de vista cuál es el verdadero objetivo de la clase...
Supongo que quien enseña pensando verdaderamente en el alumno, en cómo entusiasmarlo y hacer que comprenda más fácilmente la materia, no deja nunca de aprender.

tanci dijo...

Cuando era pequeña, seis años no más, mi maestra de esa etapa no supo entender, mejor dicho captar, que su alumna copiaba todos los números mal y al revés de la pizarra porque era miope. Y sin descubrir eso me propinó ún día una buena paliza delante de mis compañeros.Me sentí mal y no supe qué pasaba. A partir de ese momento pensé que si alguna vez llegaba a ser maestra; lo que sucedió a posteriori, intentaría, más que enseñar introducirme más allá del puro conocimiento en el interior del alumno. Sucedió que siempre tuve mucha empatía y que, de una manera casi intuitiva, supe llegar a cada alumno particularmente.Bueno a casi todos los alumnos a su interior. Y a partir de ahí aprendía y enseñaba a la par.O sea que me retroalimentaba. Lo que hacía era lo que Mónica apuntaba, intentar llegar a crearle un cierto gusanillo sabroso y juguetón por aprender y por amor a lo que teníamos entre manos.Mientras, yo también me lo creaba a mi misma de la manera en que un profesional debe hacerlo: reciclándose y aprendiendo cada día más. Pienso que tanto un enseñante, como un médico nunca terminarán de aprender. Y ahora ese mismo gusanillo que le transmití a mis alumnos, me devora insaciablemente porque no dejo de meter las narices en todo lo que me intriga y me apasiona. Otra cosa es que tenga todo el tiempo del mundo para saciarlo. Mientras, uno no termina de aprender en la vida ¿habrá algo más apasionante y a la vez más enternecedor, que ser enseñada por tu propio alumno cuando te lo vuelves a encontrar regentando puestos cercanos a ti? Puedes tropezarte incluso con colegas a los que les diste clase en su infancia y que, ahora forman parte de tu misma enseñanza-aprendizaje. A mi me ha pasado en múltiples ocasiones. Y todavía me asombro, será que no he perdido esa capacidad."Cuando está preparado el alumno, aparece el maestro" ¿era así? Bonita entrada Alicia, seguiría hablando apasionadamente... pues me ha dado para pensar. Te mando un abrazo de alumna.

Ligia dijo...

A mí me encanta aprender... Considero que enseñar es todo un arte, para mí un difícil arte. Los profesores deben reciclarse para transmitir su saber, y para ello, tienen que aprender continuamente. Yo me quedé encantada cuando hice las prácticas del CAP y tuve que dar clase en el Instituto unos días. Me parecía que los chicos "me entendían"...
Abrazos

AROBOS dijo...

A mi me gusta aprender para enseñar. ¿Cabe lo uno sin lo otro?

Conchi dijo...

Querida Alicia, tus entradas son interesantes, nos llevan a la reflexión y máxime cuando leemos los comentarios que te dejaron. Me llamó mucho la atención el de Tanci, porque ojalá yo tuviera esa empatía que dice ella que tenía con sus alumnos. Ojalá yo pudiera llegar al corazón y la mente de todos, sobre todo de aquellos a los que parece que no les motiva nada para aprender.
Nunca me arrepentí de haber elegido ser maestra. Me gusta enseñar lo poco que sé y creo que no lo hago mal. Pero hay tantas cosas que no sé, tantas que me gustaría aprender... Y más que enseñar lo que me gusta es ayudar a mis alumnos a aprender. Me gusta verlos investigar, reflexionar, sacar conclusiones... Pero ahora es que cuesta tanto que piensen...

Buenooo, sí que este tema nos da para el debate, eh?
Te mando un fuerte abrazo
Conchi

virgi dijo...

A mí me chiflan las dos cosas. Es un placer enseñar y al tiempo, aprender de lo que enseñas y de los que enseñas.
Y no puedo estar sin aprender. Me he pasado la vida interesándome en muchas cosas, aprendiendo y disfrutando.
Creo que es un camino de dos direcciones, que si no usas ambas, no lo saboreas.

Candela dijo...

A mí me gusta aprender solamente lo que deseo aprender. En cuanto a enseñar, sólo me gusta enseñar lo que me apasiona y domino, que no son muchas cosas :)

Natacha dijo...

Hola querida amiga...
Cuánto tiempo sin poder venir.

En cuanto a tu pregunta te diré que adoro enseñar... pero por la sencilla razón de que los niños me enseñan tantas cosas.
Me enseñan a reír, a mirar de frente, a querer, a sentir...
Aprendo de ellos a vivir, que en definitiva, es lo más importante.
Te quiero, cielo. Os echo mucho de menos. Estoy deseando tener un poquito más de tiempo.
Un beso, mi niña.
Natacha.