domingo, 10 de febrero de 2013

Sensibilidad

Todos los años, por estas fechas, se asoman a la superficie del mar las temidas medusas. Su llegada es comentada por los bañistas que diariamente acuden al Club Náutico a respirar aire cargado de yodo y desarrollar el espíritu deportivo que les impulsa a darse el tonificante chapuzón. Entre las conversaciones que surgen alrededor de los tentáculos de estos seductores seres, hay una que no falla: 'esto no es normal. Antes sólo había medusas en verano... ¡es el cambio climático!'. Si hacemos memoria nos veremos a nosotros mismos diciendo esa frase el año pasado y el anterior...
No, el mundo no ha cambiado tanto. Ni siquiera decimos la verdad cuando proclamamos que lo que está pasando hoy en día no pasaba hace años. Las circunstancias sí son diferentes, pero los los tozudos acontecimientos se repiten flotando por encima de las olas de las circunstancias.
Los que sí vamos percibiendo las cosas de manera diferente somos nosotros. Objetos que en otros tiempos nos impresionaron por lo avanzado de su tecnología, su diseño aerodinámico y su apariencia casi de ciencia-ficción, nos parecen hoy anticuados artefactos carentes de cualquiera de los atributos anteriormente enunciados.

Todo esto surgió porque el otro día vi circulando en mi ciudad un Seat 127 y de repente me quedé asombrada de su aspecto. Recuerdo que por los setenta, los jóvenes de mi generación se pirraban por gozar de la oportunidad de sentarse cómodamente tras el voluminoso volante y moverse de un lado a otro escuchando música de cassettes a todo volumen. Hoy en día, sin embargo, el vehículo resulta arcaico y da la impresión de que su decrepitud no es nueva, sino que en realidad nació ya viejo y desvencijado.
Pero entonces llega a mi memoria el recuerdo aun disponible de aquel vehículo primoroso que todos queríamos poseer y me digo, no, el vehículo no es el que ha cambiado, somos nosotros los que lo percibimos con una mente que ha ido refinándose de tanto mirar, que ha ido haciéndose cada vez más culta y exigente. ¿Y nuestra sensibilidad? en cierto modo también ha mejorado. Somos más conscientes del daño que causamos a los animales; nos hemos vuelto más aseados; entendemos mejor los derechos de unos y otros....
El mundo no se ha convertido pues en un lugar mucho peor porque entretanto nos hemos ido puliendo y ahora somos, aunque no lo sepamos, mejores que antes... y, si no, ¿por qué no se paran delante de un 127 y le buscan esa belleza innovadora que un día les conmovió el alma?

lunes, 28 de enero de 2013

El circo



Las clases de lengua española en el colegio no me gustaban demasiado. En aquella época todo se limitaba a las reglas de ortografía, dictados y un montón de conceptos cuya definición repetíamos sin que nuestro cerebro las contemplara para poderlas interpretar. De aquellas largas horas perdidas memorizando disparates sólo recuerdo alguna que otra redacción en la que por algún motivo mi sensibilidad surgió desde lo profundo para dejarme transcribir mis incipientes sensaciones.
De entre ellas, una hablaba del circo. Recuerdo describir el solar abandonado que se transformaba de la noche a la mañana en un lugar mágico de ilusión y fantasía. La carpa redondeada a rayas blanco y rojo  bordeada por hileras interminables de bombillas que conseguían encender la emoción de la chiquillería. La noche, horas inusuales para  presenciar el espectáculo y el irremediable final que dejaba tras de sí el solar nuevamente abandonado.
Pues a veces me viene a la cabeza la misma imagen cuando contemplo el mundo actual. Siento que me estoy moviendo por calles que no son calles y paso ante fachadas detrás de las cuales no hay nada. La gente se desplaza distraída, llenando de sentido un decorado construido sin su consentimiento por algún ente manipulador que trata de dar vida al hueco escenario a base de engañar a las personas haciéndoles creer que hay algo detrás.
Aparte de la vacuidad, observo los ademanes resignados de aquellos que no hace mucho surcaban el mundo en total desenfreno y ahora, culpables, miran el asfalto que va derritiéndose al contacto con sus pies. Se apagaron las luces del mundo, las bombillas se han fundido y el decorado se ha acartonado, dejando entrever en su interior las piedras del solar que un día despertó fugazmente de su letargo.

jueves, 17 de enero de 2013

¡Oye!






Me da la impresión de que a nosotros, los españoles, no nos gustan demasiado las palabras cortas. ¿Será que su longitud no nos proporciona el tiempo necesario para pensar lo que vamos a proferir al minuto siguiente? o tal vez se trate de un vestigio de aquellos tiempos anhelados en los que nuestro país clavó su bandera en casi todos los lugares del planeta y nos acostumbramos a la grandeza que proporciona el oro. El caso es que, siendo la hija de un otrorrinolaringólogo (palabra larga que debe representar el súmmum del poderío), me siento muy herida por el tratamiento que está teniendo en nuestra sociedad ese verbo tan esencial como es el verbo "oír" consistente en tres letras de nada, vocales además dos de ellas, y una tilde incrustada en su mitad como una daga.
A primera vista nos podría parecer que la palabrita carece de cualquier trascendencia, aunque ese verbo chiquitito y raquítico encierre una de las capacidades más esenciales del ser humano, pues es capaz de proporcionarnos el lenguaje y, con él, la columna vertebral de nuestra relación con la sociedad y con nosotros mismos. Su ausencia nos sume en el más terrible de los aislamientos, una alienación tal vez superior a aquella que proporciona la falta de visión.
Para no perder el hilo de mi discurso volveré al principio, a fijarme en esas tres famélicas letras que constituyen según la Real Academia de la Lengua el cuerpo de lo que significa: "percibir con los oídos", con lo que la pregunta "¿Me oyes?" significa literalmente: "¿Me percibes con los oídos?".
Pues bien, ¡Ya nadie dice eso! Les debía parecer muy poco sofisticado utilizar un verbo tan mermado y se han decantado por el más rimbombante "escuchar" que, por cierto, no significa lo mismo en absoluto. 
Según la Real Academia, "escuchar" significa "prestar atención a lo que uno oye", entra aquí en juego la voluntad como dejan a las claras frases como: "te oigo pero no te escucho".
Nuestra gente ha elegido la longitud con una palabra cuya última sílaba está aplastada de un manotazo por la  'ch' que contiene. ¿Me pregunto si habrá en la elección un cierto impulso masoquista?
A todas horas oigo presentadores radiofónicos preguntando a sus oyentes (o mejor, escuchantes): "¿Me escuchas?"; "No se te escucha"; "Apaga la radio que no se escucha bien"... 
Mientras tanto, yo me acuerdo de mi pobre padre y del cariño que puso en facilitar la vida del moribundo verbo y me apena pensar que canciones como "Oye, como va, mi ritmo..." de Carlos Santana van a perder su poesía con esa maquiavélica "ch" incrustada en el "Escucha como va, mi ritmo..."

lunes, 6 de febrero de 2012

En nombre de Dios


Dicen algunos que el año 2012 marca el final de los tiempos. Se basan en predicciones dejadas por los Mayas que establecen como fecha final de nuestra civilización el 21 de diciembre de 2012. Muchos presienten que estamos inmersos en tiempos turbulentos que concluirán con el comienzo de una nueva era basada en parámetros totalmente distintos a los actuales. 
En realidad, observando los acontecimientos a mi alrededor me asombro al contemplar cómo se ha ido perdiendo el razonamiento lineal, lo que antes llamábamos 'sentido común', y las mentiras han sido aceptadas como válidos postulados mientras todos sin excepción sabemos cuál es la verdad.
Aparte de esta fuga de verdades asistimos a la peor crisis económica en la historia de la humanidad. Una crisis que se produce cuando todo occidente se ha postrado de rodillas frente al dios dinero. Hoy en día todo lo que el ser humano lleva a cabo está basado en la idea del dinero y lo que éste representa. Proliferan en nuestras ciudades chiringuitos en los que se compra oro a cambio de liquidez. 
Esta mañana mientras estábamos parados en un semáforo, alguien se ha acercado a la ventanilla del coche para darnos la tarjeta de uno de esos establecimientos. Aparte del nombre, El Arca de la Alianza, a simple vista nada nos llamó la atención especialmente, poco interesados como estábamos en vender oro. El sobresalto se produjo cuando dimos la vuelta a la octavilla y nos encontramos con la siguiente imagen:



miércoles, 18 de enero de 2012

Juntos


No habría más mañanas para ella. Con tranquilidad se había quitado el día anterior su maltrecho cuerpo y  volaba  libre por espacios reservados a las almas grandes como la suya. Tras la fina lluvia de penas y nostalgias se podía sentir su risa fresca de amplia sonrisa elevándose entre las nubes hasta rasgarlas para que la luz del sol nos rozase antes de su definitivo adiós. Al oído nos susurró momentos compartidos con ese cariño incondicional que antaño nos volvía únicos en su presencia. Sólo el misterio conoce las razones de su marcha apresurada mientras nosotros, desesperados, lanzamos al aire la carta del nunca jamás ignorantes de que nuestra existencia no es más que un insignificante destello de la llama infinita del tiempo. ¡Me consuela saber que ya estamos juntos!

domingo, 24 de abril de 2011

La amistad


Todo empezó aquel mes de junio. El curso acababa de terminar con regalo doble: a la fortuna de haber tenido una alumna excepcional se añadía el presente que recibí de su parte. Era una plantita en una maceta de plástico transparente (luego me he enterado de que es necesario porque las raíces de la orquídea hacen fotosíntesis y es la manera de hacerles llegar la luz). Era una planta preciosa con tres o cuatro flores en sus espigados tallos y unas cuantas hojas recias de un verde oscuro junto a la base. Pinchada en la maceta estaba una etiqueta redonda en la que se podía leer la especie a la que pertenecía la planta y a su lado aleteaba una colorida mariposa de plástico animada por un resorte.
La miré con agradecimiento y temblé con la inseguridad de la que sabe de antemano carecer de los dones especiales para cuidar de una planta, y mucho menos con flores. Seguro que se marchitarían en un santiamén y observaría impotente como la planta se iría deteriorando a pesar de mis riegos. Como estaba en la escuela pregunté a mis compañeras cómo cuidarla y una de ellas, muy habilidosa, me dijo: 'mamá tiene una desde hace años. Creo que hay que ponerla detrás de un cristal donde le dé la luz y resguardarla del frío. ¡Ah! ¡se me olvidaba! ¡no la riegues demasiado!'.
La llevé a casa y la coloqué en la cocina tras el cristal de la ventana y allí tranquilamente se mantuvo durante un par de meses, al cabo de los cuales se perdieron las flores y me dije ¡esto es el fín!. La puse en la parte de atrás de la casa apenas la regaba convencida de que mi presagio se había cumplido. Sin embargo, de repente observé que una nueva primavera hizo que los tallos espigados se llenaron de botones que produjeron maravillosas flores de color violeta. Pensé que la maceta era demasiado pequeña para la potencia de semejante naturaleza y le pedí al jardinero que me la replantara en una nueva maceta. La que eligió era negra, pues ni él ni yo sabíamos que la planta necesitaba una maceta transparente que permitiera que sus raíces hicieran fotosíntesis. Pero aún así la planta volvió a florecer el año siguiente con la mayor explosión de flores hasta el momento.
Después vino la mudanza y, a falta de maceta transparente, la transplantamos en el interior de medio casco de una garrafa de agua. En su nueva ubicación, soleada y protegida, empieza a mostrar de nuevo sus flores. Ha pasado a ser un símbolo de verdadera amistad que perdura a pesar de las contrariedades, los problemas, las mudanzas y encuentra siempre el camino para terminar regalándonos esa belleza perfecta que se esconde entre sus pétalos.

martes, 12 de abril de 2011

Dos horas


Sigo hablando del gimnasio que, ahora sin el ipod conectado a la oreja, se ha convertido en lugar propicio a la reflexión e inspiración de futuros posts. Pues bien, el otro día, mientras levantaba mecánicamente unas mancuernas, alcé la mirada hacia la pantalla de televisión en la que daban una comedia. En ese momento la actriz, Sandra Bullock, y su pareja en la ficción, Hugh Grant, parecían estar en medio de una discusión, ya que el actor mostraba esa típica cara de cordero degollado que le ha hecho tan popular. Supe inmediatamente que si me mantenía atenta un poco más se produciría la reconciliación y la escena, con toda probabilidad, terminaría con el consabido beso apasionado entre ellos.
Vamos al cine a ver una película que durante dos horas desplegará una sucesión de acontecimientos. En la proyección habrá momentos alegres, trágicos, tristes, emocionantes... pero, al final, nos iremos con la vivencia de unos episodios que enmarcan una historia. "¡Eso mismo sucede en la vida real!", me dije entonces. A pesar de nuestra errónea percepción, la vida es como una película en la que se suceden episodios de diversa índole que van marcando el argumento de nuestra propia historia. A veces nos detenemos en medio de un paisaje de problemas sintiendo la negrura eterna de la desesperación, ignorantes de que si esperáramos un poquito más nuevos acontecimientos nos llevarían tal vez a ese beso apasionado. Todos los vaivenes son pequeños trocitos de un argumento mucho más amplio que, a pesar de su amplitud, no dura más de dos horas.