Hablar sin pronunciar las ces nos convertía automáticamente en provincianos del sur, abananados ciudadanos a los que había que oír de medio lado arrullándose en la melodía de un deje exótico. Y si además eras mujer, pasabas a ser una especie de geisha alatinada que embrujaba al personal con su belleza de palmera datilera sembrando un reguero exagerado de 'mi niños' y 'mi niñas' con los que contrarrestar una silbante conversación seductora.
Porque, en realidad, creo que la colonización española tuvo mucho de colonización lingüistica: aquellos virreyes y gobernadores subyugaron a todos con sus cortantes ces e incisivas jotas .
Cuando alguna alumna nueva llegada de la península tomaba la palabra y reproducía con soltura el habla de la radio, nosotros ingenuamente pensábamos que todo lo que decía era brillante. Mientras que, nos agazapábamos detrás de palabras que no contuvieran la temida ce, ignorantes de que ese rasgo era tan sólo una de tantas otras diferencias.
Años más tarde, viajando en autobús por la Gran Vía madrileña, me entretenía observando a los peatones tratando de descubrir si eran o no de la península. Mi técnica consistía en detectar si al hablar la punta de la lengua sobresalía entre los dientes o no. En caso de no hacerlo, se trataba de provincianos del sur, como yo.
Ese secreto handicap me acompañó muchos años. Pero el tiempo vuela, el mundo ha encogido y las gentes se han mudado de escenario y ahora resulta que sale a la luz que somos muchos más los que hablamos así, que el español en nuestra voz recupera vocablos perdidos y esa suavidad que adquirió a bordo de las goletas surcando océanos en busca del nuevo mundo, desgastándose contra las olas, las rocas y penetrando inexploradas selvas.
Sí, al final me doy cuenta de que aquellas ces y jotas no eran para mí.
Sí, al final me doy cuenta de que aquellas ces y jotas no eran para mí.





